Hoy voy a contar una anécdota personal que me sirve para hacer una serie de comentarios sobre la idoneidad de la instalación de un  jardín con césped artificial, frente a la hierba natural.

Un amigo me contó hace poco que un arquitecto amigo suyo le invitó un hace poco a su casa en Madrid para una fiesta privada que ofrecía a unos cuantos amigos y conocidos.  La casa según me dijo es maravillosa y cuenta con un amplio jardín en el que crecen exuberantes plantas de diversos tipos y algunos árboles. También cuenta con dos amplias zonas de un césped impoluto. Para las personas como él que no disponen en su domicilio de jardín, no hay visión más placentera que la de un jardín en el que relajarse en los momentos de descanso y ocio.
Al acercarse al césped otro invitado le comentó en voz baja, “no es real”. “¿Cómo?”, pregunto mi amigo. “Toca” le dijo el otro. Efectivamente tocó y se dio cuenta de que no era hierba natural sino un césped artificial de gran calidad que parecía de verdad.

Más tarde se enteró, por su amigo el arquitecto, que lo regaba no más de 10 minutos a la semana, que no tenía que pasar el cortacésped (quién no ha odiado el ruido de esas máquinas un fin de semana en alguna zona residencial), que no crecían malashierbas, que no tenía  que replantar cada cierto tiempo, ni fertilizar, y que siempre estaba en perfecto estado de revista.

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